Presentacion y documentación del disco
- Presentación del grupo a modo de historia
- Sobre las fiestas de Navidad
- Sobre este disco
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Presentación del grupo, a modo de historia.
Arrabel, se fundó en Madrid en primeros años 80. No hará falta recordar lo que aquellos tiempos supusieron en el panorama social y cultural del país, pero sí, quizá, que fueron también años de efervescencia en -llamémoslo así para entendernos- la música tradicional. En las décadas anteriores, formaciones folk pioneras habían sembrado la semilla de la reinterpretación de los viejos repertorios populares, quitando esa especie de monopolio que, sobre lo tradicional, mantenían la omnipresente Sección Femenina y sus herederos. Ellos son hoy nuestros clásicos.
Por aquel 1982 se buscaban raíces en las comunidades autónomas que nacían, aparecían empresas fonográficas dedicadas a este género, y los folk consagrados hacían llenos. Los grupos y asociaciones proliferaron, aquí como en tantas otras ciudades y pueblos, con distintos orígenes, orientación e intereses y con mayor fortuna y duración unos que otros.
Entre aquella pléyade surgió Arrabel que, tras unas vueltas al principio, terminó asentado en el entonces castizo y hoy multicultural barrio de Lavapiés. Lo bautizaron sus padres fundadores con un nombre sonoramente confuso, el que se da en Colmenar de Oreja a lo que otros llaman carrañuela. Un instrumento de huesos de cordero ensartados en hilera, rascados con una castañuela, que el grupo ha paseado como símbolo y logotipo aquí y allá. Nombre que en realidad es el del árabe rabel, precedido de su también árabe artículo a, tal como aún se denominan estos cordófonos en Ávila, Toledo y Cáceres. Nombre que ha sido en pueblos, como Colmenar, donde no se conocía ya su acepción original, sinónimo de instrumento muy rústico, aplicado a hueseras, sonajas o zambombas.
Nació como “asociación cultural de música y danza castellana” para, además de pasárselo bien, “recuperar y difundir” aspectos de la cultura tradicional de Madrid y su región histórica. En estos años ha ido haciendo un amplio repertorio de canciones, bailes, instrumentos y trajes que muestra en sus diversas representaciones.
No sólo ha actuado, como los demás grupos al uso, en festivales y fiestas –asiduos de las de San Isidro en la capital, por ejemplo-, sino que ha estado también en la organización de otros muchos, y ha sido participe de diversas experiencias asociativas, de mejor o peor fortuna, con grupos de intereses convergentes. La rondalla que tenía el grupo en 1986 y 1987, de la que sólo un miembro se mantiene, grabó dos cintas muy al estilo de los grupos folk del momento. Se han distribuído relativamente bien considerando que este es siempre un mercado limitado.
Como el repertorio ha ido variando y creciendo, la rondalla actual empezó, ya hace tiempo, a pensar en grabar el primer compacto; y es que cuando empezó el grupo casi ni existían. Hará año y medio, a raíz de la participación en un festival en Puertollano, la asociación realizó un gran esfuerzo por ampliar sus repertorios en un ámbito, el navideño, que hasta entonces no había apenas contemplado. Aquel ímpetu merecía la pena no dejarlo caer en saco roto, y se convirtió en núcleo con el que se empezó a dar forma a este disco.
Quien conozca las producciones anteriores notará que esta tiene un carácter diferente. Aquellas fueron el trabajo muy pulido de una pequeña rondalla compacta. Ahora se ha buscado la participación de cuantos socios han querido, aún en modestos coros o percusiones, en un repertorio que se presta especialmente a ello. Ha supuesto mayores problemas en la coordinación, y le resta precisión técnica, pero le da, por el contrario, un carácter más próximo al improvisatorio que tuvo siempre la música popular, y al que busca aproximarse. En cualquier caso, tiene el valor añadido de la implicación de toda una asociación en un proyecto, que bien se puede considerar una especie de regalo de cumpleaños.
Sobre las fiestas de Navidad
Por Navidad experimentamos sentimientos encontrados. Las esperamos con ansiedad y nos alegramos de que hayan pasado. Las concebimos como el exponente de la felicidad y sentimos más que nunca la nostalgia, la soledad o la depresión. En esas fechas desempolvamos nuestro apego hacia costumbres ancestrales, mientras que el sistema de vida que tenemos se esfuerza por transformarlas y convertirlas en el mejor escaparate de la moderna sociedad de consumo. Son, básicamente, fiestas contradictorias
Y es que siempre lo fueron. Recordemos que, en realidad, el día en que la Iglesia ubicó una celebración para la que no tenía fecha exacta, era anteriormente fiesta señalada para los paganos.
Antes de que naciese Cristo ya se celebraba que el sol nacía, alargando sus horas de luz desde el solsticio. Antes de la primera navidad, cuando finalizaba el otoño y comenzaba el invierno ya se cantaba, se bailaba, se pedían y repartían alimentos con los que celebrar comilonas, se cortaban árboles para luego plantarlos, pedirles dones o quemarlos de forma ritual. Y se esperaba que el año fuera próspero y la tierra fructífera, que es en el fondo de lo que se trataba.
Pero no nos remontemos a ancestros prerromanos, y miremos a nuestros antepasados ya cristianizados, castellanos de hasta no hace más de setenta años, que en estas cosas diferían poco de catalanes, aragoneses, navarros, leoneses o portugueses.
En aquella sociedad campesina tradicional, que no tenía el concepto de vacaciones, las fiestas eran algo muy importante. Además de su componente religioso superpuesto, tenían las funciones subyacentes de marcar los cambios de periodo en el curso del año y distribuir los momentos dedicados al ocio y la relación social. Las fiestas navideñas marcan una inflexión en el calendario festivo, entre el ciclo otoñal y el invernal, y tiene características de los dos.
Sin grandes momentos del santoral, en otoño tenían relevancia las celebraciones de tipo privado: bodas, que se solían celebrar entonces, las meriendas de frutos del bosque –castañas, bellotas-, el recuerdo de los parientes difuntos, las matanzas... En esas reuniones se disponía y disfrutaba de frutos, recién recolectados tras todo un año de trabajo. Y las navidades son la culminación de ese espíritu familiar del otoño.
El ciclo festivo invernal es muy activo, pues el campesino tradicional tiene ahora más tiempo libre. San Antón, la Candelaria, San Sebastián, San Blas, las Águedas, carnavales, marzas, son fiestas comunales, callejeras y fuertemente ritualizadas, que mantienen costumbres de la época en que los primeros agricultores conjuraban con ellas las fuerzas de la naturaleza.
La comida es uno de los pilares de la fiesta en las culturas tradicionales, pero a estas alturas del año puede que le empiece a escasearle a los menos afortunados. Así que todas las fiestas de invierno se llenan de colectas, como los aguinaldos navideños, y repartos de panes, queso, chorizos, huevos u otros comestibles.
Hoy nos ha llegado como elementos simbólicos del rito, pero son el reflejo de antiguos mecanismos de solidaridad regulada, con repercusiones en la mera supervivencia material. Y también aparecen elementos, como la matanza de gallos -tras la misa de su nombre-, tala y plantación de árboles, luminarias (hogueras), mascaradas, transgresiones ritualizadas (las de inocentes especialmente), tan típicos de otras fiestas invernales. Así vemos que la navidad participa de este carácter colectivo, solidario y ritual del invierno y es, seguramente, su mayor exponente.
Y estas son, como no, las fiestas principales, junto con las de pascua, del calendario eclesiástico. En un intento de cristianizar absolutamente lo que siempre mantuvo su sustrato pagano, la Iglesia buscó, o permitió, un grado de participación popular en los actos litúrgicos, o paralitúrgicos, que en otros momentos no existía.
De los repertorios musicales navideños
Todavía la música es, como siempre fue, componente esencial de estas fiestas.
El repertorio hoy habitual, el que oímos en grandes almacenes o en la tele, tiene un origen variado. Encontramos ciertos temas refolclorizados, esto es, recogidos de la tradición oral y reintroducidos a través de los medios modernos. Entre ellos tienen mucho vigor las versiones andaluzas, aunque no faltan de otros lugares, de temas extendidos por todo el ámbito castellanohablante (Los peces en el río, Pampanitos verdes, Rin rin...).
Existe un curioso grupo de canciones tradicionales catalanas, traducidas hacia los años 50, entre las que ha hecho fortuna el archiconocido Fum, fum, fum (humo, humo, humo). Además, de Centroeuropa nos llegan los cultos Noche de Paz o Adeste fideles, o la popular alemana Hojas del abeto; y las producciones holliwoodienses han traído adaptaciones de la tradición o del music hall anglosajón como los Jingle Bells, Blanca Navidad o Pequeño tamborilero.
Pero todavía en pueblos castellanos se siguen cantando, en casa, en la calle o en la iglesia, los temas tradicionales. Algunos de raigambre muy antigua, porque la ritualización ha tendido a preservar elementos arcaicos que en otros ámbitos se perdieron. Y es que el repertorio navideño, junto con el infantil, son los últimos que la tradición oral pierde. Aún así el olvido es implacable y muchas piezas han quedado reducidas a la memoria de unos pocos ancianos, cuando no hay que rastrearlas en los cancioneros de los folcloristas que nos precedieron, en algunos casos hace ya cien años. De todo esto, de lo que aún se mantiene y de lo que se conserva en cancioneros, de lo casero, lo callejero y lo eclesiástico quiere se muestra este disco.
En las intimidad de las reuniones familiares hasta el más modesto intérprete se atrevía a entonar a capella o acompañado del instrumento que se tuviese más a mano, con cualquier artilugio casero con el que marcar un ritmo. Pero era en las rondas callejeras donde las canciones alcanzaban su máximo despliegue.
En los pueblos que tuvieron rondalla de cuerda podía ser esta la que salía, pero también, especialmente si esta no existía, se formaban conjuntos en que cualquiera cantaba o tocaba percusiones, hombres solos o conjuntos mixtos, dependiendo de las costumbres locales. Pero la ronda no era una ensalada de improvisaciones y tendía a guardar una cierta coherencia. Al menos implícitamente, la experiencia continuada de años y la tradición local regulaban más o menos la naturaleza, proporción y ocasión de los instrumentos y voces que intervenían, y la propia estructura de las canciones establecía la distribución de solistas o coros. Recorrían así las calles manifestando su alegría festiva y, en muchos lugares, pidiendo frutos secos, dulces, embutidos o bebidas que echar a la tripa o al saco.
Los nombres que se dan a estas canciones varían de un lugar a otro: rondas de navidad, coplillas, villancicos, navidades, nochebuenas, auroros, aguinaldos...; las diferencias que a veces hacemos, especialmente denominándolas de esta última manera sólo cuando se hacía petición, y de otra cuando no la había, no se corresponde con la forma en que las llamaban en muchos lugares.
Los cantos más comunes son series de coplas que se van ensartando libremente en una melodía repetida, alternados con estribillos. Coplas petitorias, de felicitación o reproche y de tema natalicio, o también otras no específicamente navideñas, de cariz amoroso, localista, satírico, o incluso soez, eran introducidas a discreción del cantante. Muestras de ello son las piezas que ofrecemos de Guadalix, El Molar, Valdetorres de Jarama o La Marimorena.
Junto a estas piezas, de duración indefinida abierta a la intervención de los cantantes, no faltan las canciones seriadas, aunque largas siempre cerradas, tan habituales en el repertorio infantil. El Tarantán es lamuestra más significativa,y junto a él la navideñizada Boda de la pulga y el piojo.
Sólo los evangelios canónicos de Mateo y Lucas dan datos, escasos, sobre la infancia de Jesús. Pero ya desde los primeros tiempos del cristianismo los evangelios apócrifos desarrollaron toda una literatura paralela referida a este período. La Iglesia no los reconoce como verdaderos, pero admite de hecho elementos de sus relatos que la tradición cristiana ha dado por buenos. Así el establo-cueva del nacimiento, el buey y la mula o el número, nombre y condición de los Reyes Magos.
Otras historias de estos textos, junto con leyendas pías que han ido proliferando a lo largo de los tiempos, son el alimento con el que el pueblo creó muchas narraciones que se cantan en navidad.
Esos relatos de historias sacras presentan estructuras poética y musicales variadas.
Hoy llamamos villancico a cualquier canción de tema navideño, pero originariamente este término se refería a un tipo de composición en que las estrofas tienen una mudanza de cuatro versos, otros de vuelta que las enlaza con un breve estribillo.
Entre los que aquí presentamos el Antes de las doce a Belén llegar o el fragmento de los vestidos del Niño en la pastorela de Brahojos tienen esta estructura, muy usada en el Siglo de Oro.
El hispánico romance (series indeterminadas de versos, generalmente octosílabos, que riman en asonante los pares) también se utilizó, apoyado a veces por estribillos; los aguinaldos de Brihuega, Sigüenza o Rebanal de Llantas lo son. Pero la forma más habitual es la de los que algunos llaman series romanceadas, que narran historias como los muy extendidos El Camino de Belén, La huída a Egipto o El niño perdido, de los que presentamos una versión.
Tienen la estructura de las canciones de coplas (en muchas ocasiones se pueden adaptar las músicas de unas a las otras), con grupos de cuatro versos, octosílabos en las estrofas y hexasílabos en los estribillos, rimados en asonante los pares, como los romances.
Las rondas navideñas salían, dependiendo de las costumbres de cada localidad, desde antes de nochebuena a después de reyes. Aunque no faltó pueblo en el que se hicieran, nos detendremos ahora en algunos datos sobre las celebradas en Madrid capital.
El epicentro de la actividad navideña madrileña es la Plaza Mayor y su entorno, donde a principios del XIX toma carta de naturaleza su mercadillo navideño, heredero de otro anterior de abastos (García y Écija 1997).
Junto con los víveres para los ágapes familiares, se vendían los belenes, que llegan a las capas más populares en esta época, y los instrumentos de percusión típicos de estas fechas. José Gutiérrez-Solana, nos describe el aspecto de los vendedores, que venían, seguramente, con sus mejores trajes de los pueblos de los alrededores. Llevaban chaqueta de terciopelo, faja y polainas de cuero negro y pañuelo anudado a la cabeza; encima, el sombrero ancho; y las mozas con falda de campana de estameña, moño trenzado y pegado a la nuca, cruzado por alfileres y peinetas, medias blancas de velludo y zapatos recios...
Las rondas de Madrid debían provocar tales juerga y alboroto que los responsables del ayuntamiento, las calificaban en 1835 (García y Écija 1997) de “bacanales indígenas” y las trataban de regular.
La lista de disposiciones municipales no debieron ser muy respetadas pues se renovaban año tras año. Estaban en vigor entre el 18 de diciembre y Reyes y permitía a las cuadrillas el uso de panderetas y otros “instrumentos rústicos”. Pero se prohibía el uso de máscaras y disfraces, que solían usar los más jóvenes, las palabras obscenas, alusiones personales o injurias en un intento de que no derivasen en “tumulto y asonada”.
Solana nos describe en 1923 ese ambiente con magistral precisión: Sirve esta preparación y matanza [de los pavos] para el bullicio y alegría de los niños, que con el estrépito que arman los tambores y el rum-rum de las zambombas atruenan la casa.
En todas las calles del barrio los chicos de la calle organizan grupos [que] se contentan con meter ruido con tambores, zambombas y calderos. La Puerta del Sol parece una mascarada, cruzada por grupos de gente que baila, mujeres con el pelo suelto y la falda caída y hecha jirones, dando sartenazos, tocando almireces y panderos, y arman un gran estruendo. En los faroles se suben y los apagan. Por el Prado baja una porción de gente con hachones encendidos y cencerros al cuello [...] escaleras llevadas entre dos al hombro, con botas de vino atadas en los tramos [...]Y se apiñan los grupos, y las rondas de guitarras y cantores, mezclándose el vocerío y los cantos canallescos hasta quedarse roncos. El copeo por las tabernas no para. [...] Delante de los pórticos de las iglesias se prenden hogueras, formando corros que bailan y saltan alrededor de las llamas. Las mozas y los mozos cantan villancicos, acompañados de tamboriles, zampoñas y rabeles.
La noche del 5 de enero se salía a la “espera de los reyes”, costumbre que Madoz (1849) considera como una de las más representativa de a la ciudad. Un bando de 1899 (García y Écija 1997) establece que las rondas o comparsas que se formen deben previamente obtener licencia municipal, prohibiéndoseles expresamente llevar objetos metálicos para evitar su penetrante ruido.
Se practicaba una broma, pesada muchas veces, de la que el propio Mesonero Romanos pidió la supresión. Grupos de jóvenes que podían encontrar algún incauto forastero, recién llegado a la villa, salían en grupos mal iluminados con hachones, cargándolo con una larga escalera. Le habían hecho creer que iban a buscar a los Reyes Magos, que venían repartiendo oro a espuertas, y esta era necesaria para encaramarse a los lugares dónde quizá los pudiesen encontrar. Le hacían subir repetidas veces, excusándolas luego como falsas alarmas, zarandeándolo y tirándolo cuando podian, hasta que el incauto no aguantaba más o se daba cuenta de la farsa.
De todo aquel bullicio callejero madrileño, a mediados del XX quedaba bien poco. Las rondas callejeras eran anecdóticas y sus melodías habían quedado relegadas a la fonografía y al ámbito exclusivamente doméstico. Y la recién instaurada, por entonces, cabalgata de reyes, sustituye a aquellas desafortunadas esperas anteriores.
Hoy sólo alguna que otra animosa coral se acerca a la plaza Mayor para cantar Noche de Paz, Adeste Fideles, Jingle Bells, We wise you a Merry Christmas o alguna cuadrilla perdida de niños pide por los pisos de la vecindad el aguinaldo al son del Fum, fum, fum, cuando no del Feliz Navidad, próspero año y felicidad. Y entre col y col lechuga, alguien deja escapar una lánguida Marimorena, testimonio casi arqueológico de las rondas que inundaron las calles de la capital en otros tiempos.
Otro capítulo de la música tradicional navideña es el de la que se interpreta en el ámbito de las celebraciones religiosas.
De nuevo Solana nos dice como en algunas iglesias de Madrid, durante la misa del Gallo, se mezcla el órgano con las voces de los cantores, acompañados por la gente que llena la iglesia, que toca panderos, castañuelas y zambombas.
La participación popular es mayor que en otros momentos del año eclesiástico, y dentro de ella tienen gran importancia las danzas.
La tradición las distingue bien del baile que es lúdico y basado básicamente en la sucesión de pasos improvisados. Las danzas, interpretadas por hombres exclusivamente, son o forman parte de un ritual, y su ejecución implica un planteamiento coreográfico.
Se utilizan como elementos paralitúrgicos de muchas festividades religiosas y no podían faltar en las de Navidad. Desarrolladas dentro o fuera de las iglesias según el caso, podían ser de palos (como la que presentamos de Valdenuño Fernández) castañuelas (la de Navalagamella) u otras.
En muchos lugares los pastores asumían un importante protagonismo simbólico. Por la naturaleza de su trabajo se mantienen apartados casi todo el año del grupo social, cuando no relegados o marginados. Pero como “en el Portal de Belén ellos fueron los primeros”, eran los que desarrollaban las danzas rituales en honor al Niño. Así las que ofrecemos de Langa de Duero, o las pastorelas.
Las pastorelas del norte de Madrid tienen especial interés. Aún pervive con fuerza la de Brahojos , y en Rascafría se trata de recuperar. De otros pueblos, como La Acebeda y Puebla de la Sierra, García Matos (1951) recoge algún dato fragmentario. Su origen, medieval, está en funciones músico-teatrales que se desarrollaban en el interior de los templos. Favorecidas inicialmente por la Iglesia en un intento de acercarse al pueblo, posteriores prohibiciones tratarán de suprimirlas por considerarlas profanas..
Aunque no fueran estrictamente navideños, otras modalidades de la tradición oral tenían como tema el nacimiento o la infancia del Niño. De ellos son muestra la nana, la oración infantil o la albada que se ofrecen. Junto con los otros géneros que venimos comentando completan el variado mosaico de la tradición navideña, del que esta grabación es pálida muestra
Sobre este disco.
Mucho se discute en los últimos años sobre la interpretación de las música tradicional. Una moderna visión purista busca la reproducción fiel de la formas tradicionales tal como han sido transmitidas en aras de su conservación de la forma más íntegra posible. Frente a esto, la tendencia mas habitual en la mayoría de formaciones ha sido la de arreglar los temas para adaptarlos a los gustos modernos y a las exigencias del mercado. Entre esas dos aguas hemos nadado, como tantos grupos, y este disco refleja tal contradicción.
Porque hemos tratado de aproximarnos a una interpretación tradicional que ayude a situar en contexto al oyente, en un trabajo que busca remontarle a tiempos históricos. Esto confiere además una mayor variedad, reflejo de la diversidad cultural, forzosa en una tierra amplia como la nuestra.
Pero el arreglo es inevitable, incluso para aquellos que pretenden no hacerlo. Porque, en todo caso, hay que hacer continuamente elección y tomar decisiones, que están lejos de lo que fue su manifestación espontánea, e inconsciente del estilo.
Muchas veces lo que nos llega es fragmentario y tenemos que reinventarlo utilizando criterios de verosimilitud. Y en ocasiones consideramos que las adaptaciones y arreglos que hacen hoy los herederos de ese patrimonio tradicional son valiosos también, un eslabón más en el proceso vivo de la transmisión oral.
Así hemos interpretado con los instrumentos que se solían de tocar en cada caso, rondalla, dulzaina, percusiones (buscando las más propias de cada zona), rabel o a capella, a pesar de que no siempre resultan tan lucidos para el gusto actual.
Arreglos hicimos los necesarios –creemos- con la ornamentación que el estilo local admitía.
En los comentarios que acompañan a las piezas se añaden algunas notas sobre su interpretación, que puedan ayudar al lector a juzgarlas.
Las imperfecciones técnicas, que las hay puesto que es este un grupo de gente que, aunque aficionada al folclore, no vive de ello, júzguelas con benevolencia el oyente pensando que en la interpretación popular tradicional también las habido siempre.
Al finalizar estas líneas, el interesado puede encontrar referencia de la bibliografía y la fonografía manejada, de las que hemos tomado canciones o información.
Hay que hacer reconocimiento expreso al austro-norteamericano Kurt Shindler , cuya colección recogida en los años 30 se publicó en el Música y poesía popular de España y Portugal, y a los folcloristas García Matos y Bonifacio Gil, que en los 40 tomaron materiales con los que el Instituto Español de Musicología del C.S.I.C. editó los cancioneros de Madrid y La Rioja.
Por lo que se refiere a la fonografía señalaremos dos colecciones que se empezaron a editar en los 80, Cantes del Pueblo de Sonifolk, y de Saga Madrid Tradicional, que coordinó José Manuel Fraile.
Si cuando desempolves y oigas nuestro disco, nuestras voces te evocan a las gentes que nos precedieron y crearon y transmitieron estas canciones se habrán cumplido nuestras expectativas.
Considera, amable lector y oyente, que son el vago reflejo de una forma de vida, a veces idealizada cuando contemplamos sus aspectos más amables y lúdicos, que fue en realidad dura, de escasez, necesidades y limitaciones, para los que no cabe nostalgia, y sí recuerdo respetuoso.
Con este trabajo, que aunque modesto ha requerido no pocas horas de esfuerzo e ilusión, todos los que hemos trabajado en él te queremos desear siempre una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo
ARRABEL. Pedro Castellanos Alavedra